Entre lo divino y lo salvaje

Entre lo divino y lo salvaje

Gracias a la fuerza y habilidades de los poderosos cíclopes, Zeus, el dios griego del trueno, fue capaz de derrotar a su padre Cronos y a los Titanes. No obstante, debido a su naturaleza salvaje y feroz, pronto se convertirían en las criaturas más peligrosas del panteón griego. De acuerdo con la Teogonía del poeta Hesíodo – segunda mitad del siglo VIII a.C.,-, los cíclopes (Kyklos significa “círculo” y ops “mirada” u “ojos”) fueron concebidos por Urano y Gea junto con los poderosos Titanes y Hecatonquiros, pero la diferencia de éstos, poseían un único ojo redondo en medio de la frente el cual es su sello distintivo.

No sólo eran fuertes, también crueles y sanguinarios; de temperamento agresivo, podían irritarse con facilidad. Roger Bartra, doctor en Sociología por la Universidad de la Sorbona, en París, Francia, los considera los primeros antropófagos de la mitología, pues les gustaba comer carne humana. Pero no siempre fueron el azote de los hombres. Hubo una época en la que incluso llegaron a ser considerados dioses, y en la ciudad griega de Corinto se les consagró un templo donde se hacían sacrificios en su honor. De acuerdo con los mitógrafos antiguos, es posible identificar tres tipos de cíclopes nacidos en el seno de la cosmogonía helena: los uranos, hijos de Urano y Gea; los cilianos o pastores que aparecen en la Odisea; y por último los constructores.

Trío de miradas
La primera generación divina se componía de tan sólo unos cuantos cíclopes: Brontes, Estéropes (o Astéropes) y Arges (también conocido como Acmónides o Piracmón), nombres que representa al trueno, al rayo y al relámpago, respectivamente. Hesiodo narra que poseían grandes habilidades artesanales, y al ser enviados por segunda vez al Tartaro, primero por Urano –su padre- y luego por Cronos, dieron a Zeus los rayos y el relámpago que usaría como armas. Al ser tan diestros en la forma también construyeron para Hades un casco que hace invisible a quien lo usa, el arco y flecha de Artemisa y el tridente de Poseidón.

Entre lo divino y lo salvajeSin embargo, a estos colosos les depararía un destino fatal. Luego de que Asclepio, deidad de la medicina e hijos del dios olímpico Apolo, fuera asesinado por Zeus tras haber logrado resucitar a los muertos, el indignado dios del Sol fue tras los herreros que forjaron el arma homicida, los cíclopes, y volcó sobre ellos su ira. Como se suponía que eran inmortales hay otra versión en la que, en lugar de acabar con los cíclopes primigenios, se desquita con sus descendientes.
Otra leyenda habla de todo u pueblo de estas criaturas, las cuales aparecen en el poema épico La Odisea de Homero (siglo VIII a.C.). Se trata de una comunidad mítica y primitiva donde los gigantes monóculos viven en cuevas cerca de los volcanes. Siendo adeptos a hefestos, el dios del fuego y la forjan, se pensaba que allí habían establecido sus fraguas para fabricar las armas divinas.

Algunos otros, como Polifemo, el cíclope más famoso, se dedicaban al pastoreo de cabras, de las cuales se alimentaban.

En la fábula homérica se relata que vivían tranquilos, sin socializar demasiado los unos con los otros, y carecían de ciudades o leyes. Orgullosos y pendencieros, no temían ni a Zeus, lo que demostraba su salvajismo y estado primitivo. Pese a ello, esta raza de monstruos disfruta de una posición privilegiada dentro de la cosmogonía griega, pues para su supervivencia no necesitaran arar la tierra o trabajar, “trigo, cebada y viñas que producen vino de gordos racimos, la lluvia de Zeus las hace crecer”, expresa Homero; la tierra que poseían producía todo lo que necesitaban con ayuda de la gran divina. Su situación acomodada, de acuerdo con el profesor Antonio Lopez Ferez, autor del artículo “Los Cíclopes pastores en la literatura griega” (UNED, 1996), es propia de quienes en la primera generación eran hijos de Gea y Urano, y por tanto tíos de Zeus.

Existe otro tipo de cíclopes más “amigables” los cuales los habitantes de Grecia pensaban provenía del suroeste de Asia Menor. A ellos se es conoce como “los constructores” y se les atribuye la edificación de las murallas y ciudades más fuertes e importantes de la Antigüedad, tales como Trinto, Mecenas o Argos, a las que eventualmente se les llegó a denominar con el apelativo de “construcciones ciclópeas”.