Leyendas de amor

Leyendas de amorHéroe por amor. Esta leyenda habla acerca de un hombre llamado Don Eleazar Hernández; un hombre cuyo cabello canoso, de piel arrugada y quemada por el sol y el trabajo, de un cuerpo mediano pero fuerte. El vivía en el puerto de Ensenada, ciudad en la que recordaba gratos momentos y a la que lo unían fuertes lazos familiares. Pero a pesar de ser un buen hombre, el vivía solo; sin familiares, sin hijos y viuda desde hace ya varios años.
Sin embargo, Don Eleazar seguía siendo muy alegre gracias a una pequeña de unos 3 años llamada Cristina, una niña con un lindo cabello negro rizado y unos ojos color miel tan llenos de inocentes que cuando ella se le acercaba el, él parecía que fuese mas joven incluso le cambiaba la mirada, tanto que parecía la de un niño.
Todos los días por la tarde, Don Eleazar iba a buscar a la pequeña Cristina para invitarla a dar un paseo por la colonia en la que vivían. Para lo cual, Cristina siempre estaba esperando ansiosa este momento del día, ya que para su fortuna siempre terminaba con algún premio para ella, además de que estos paseos siempre eran diferentes. Durante los paseos, la pequeña Cristina se la pasaba corriendo, brincando y cantando alrededor de Don Eleazar, lo cual alegraba el corazón de este hombre. Y este, le daba todo su cariño a ella, ya que nunca pudo dárselo a aquellos hijos que no tuvo.
Sin embargo, durante los últimos paseos Don Eleazar notó que un grupo de maleantes se empezó a reunir en cierta zona del recorrido, por lo que decidió cambiar de ruta para evitar que la pequeña viera a ese grupo de maleantes que amenazaban a la gente que pasaba por ahí.
Pero una noche de Febrero en la que Don Eleazar observaba el cielo estrellado del puerto, se percató de que el grupo de maleantes empezó a rondar por el vecindario, solo que esta vez más borrachos, ruidosos y agresivos de lo habitual.
Repentinamente entre el ruido de carcajadas, risas y una seria de groserías, se hizo un silencio y todos corrieron rápidamente a esconderse, todos desde su escondite observaban como alguien se acercaba.
En el momento en que Don Eleazar se dio cuenta de quien era, sintió como una enorme dosis de adrenalina recorría su cuerpo mientras observaba que aquella figura que se acercaba eran Cristina y su mamá.
Tres de los maleantes salieron de sus escondites sobre la mujer, quien cuando se dio cuenta de la situación y quiso huir, se dio cuenta que uno de ellos ya tenia a su hija sujetada y con un cuchillo junto a su cuello
-“¡Danos todo tu dinero y las cosas de valor, o despídete de tu hija!”, dijo el maleante
Mientras otro de ellos trataba de arrebatarle el bolso a la madre, un tercero que se encargaba de vigilar grito de sorpresa al ver que el viejo Don Eleazar se acercaba corriendo a toda maquina. Sin embargo este ya lo esperaba para recibirlo con un buen cadenazo en la cabeza, pero para sorpresa de todos en ese momento el viejo mostró una agilidad increíble y logro esquivar la cadena, no solo la esquivo sino que también le dio un fuerte golpe en la cara al tipo, fue tan fuerte el golpe que este cayó al suelo y no pudo ponerse en pie de nuevo.
Una vez que cayó el primero, Don Eleazar concentro su mirada en el que tenia sujeta a la niña; cuando éste vio que se le venia encima soltó a la niña para intentar acuchillar al viejo “valiente”. Justo en cuanto soltó a la niña, la madre no lo pensó dos veces y salió corriendo con la niña gritando desesperadamente: “¡Auxilio! ¡Socorro!”
Mientras tanto, el viejo se estaba enfrentando a los dos maleantes restantes con una dosis de adrenalina y energía increíbles, dándoles su merecido. Sin embargo al ver que estaban siendo vencidos gritaron a sus compinches, y estos salieron de sus escondites para ayudar a los maleantes contra el viejo, el cual se vio rápidamente superado en número y fuerza por los maleantes. En cuanto fue derribado todos se abalanzaron contra el dándole una lluvia de cuchilladas con la intención de matarle. Unos segundos después el cuerpo yacía en un charco de sangre, los maleantes huyeron bajo la protección de la oscura noche.
La pequeña Cristina corrió hacia Don Eleazar tirando de la mano de su madre y cuando llegó a el rompió en llanto gritándole a su madre: “¡Mamá! ¡Haz algo mi tata se esta muriendo! ¡No quiero que se muera! ¡Mamá!”. El viejo con su último aire giró la mirada hacia Cristina y su madre, dándose cuenta de que sus esfuerzos valieron la pena y de que no sufrieron ningún daño. Para cuando la ambulancia y la policía llegaron, ya era demasiado tarde, un inocente había muerto. Los delincuentes no fueron identificados.
Aun con el paso de los años, en cada aniversario de la muerte de este hombre, se puede observar como una mujer de cabello negro rizado y con unos ojos color miel de unos cuarenta y tantos años, deposita su cariño y flores en aquella tumba, de aquel viejito al que siempre recordará como la persona que le salvo la vida.

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